terça-feira, 25 de maio de 2021

¿Dios juega a los dados?

 *

Física cuántica y el misterio del universo

En una ocasión, Albert Einstein[1], dirigiéndose a los científicos que en ese momento se dedicaban a la «nueva física», les dijo: «el problema cuántico es tan extraordinariamente importante y difícil que debería captar la atención de todos»[2]. La «mecánica cuántica» es actualmente la teoría física más completa para describir la materia, la radiación y las interacciones recíprocas, especialmente cuando las teorías anteriores, las así llamadas «teorías clásicas»[3], resultan inadecuadas, es decir, en lo que se refiere a los fenómenos de longitud o energía atómica y subatómica. La frase de Einstein es válida para todos, porque, además de tener un gran impacto tecnológico – y consecuentemente social -, tiene implicancias muy importantes en la visión filosófica de la realidad.

Podemos agregar que Einstein – aunque tenía una gran admiración tanto por el formalismo matemático cuántico como por su capacidad de describir los experimentos – no era de ninguna manera un defensor de la llamada «ortodoxia» de la física cuántica. La interpretación ortodoxa, también denominada «interpretación de Copenhague», se inspira esencialmente en los trabajos desarrollados alrededor de 1927 por Niels Bohr[4] y Werner Heisenberg[5], enriquecidos por la contribución decisiva de Max Born[6]. En el resto del artículo intentaremos aclarar esta perspectiva.

Pero podemos comprender desde ya que la física no es en absoluto una disciplina lineal o aséptica, sino que está inextricablemente ligada, de manera amplia y compleja, a nuestra vida. «La vida supera a la ciencia», afirma John Polkinghorne[7]; y Heisenberg escribe que «la Naturaleza es anterior al hombre, pero el hombre es anterior a la ciencia de la naturaleza»[8]. Las concepciones religiosas, filosóficas y existenciales del físico entran en un «diálogo circular», tan enriquecedor como problemático, con su profesión científica. No es raro observar cómo los físicos, de acuerdo entre sí en el plano científico, exhiben contrastes explícitos en lo que atañe a las consecuencias filosóficas de una teoría determinada. La ciencia da forma a la vida y al pensamiento, pero no lo aprisiona.

Veremos cómo Einstein, y otros junto a él, se opusieron a la concepción de la mecánica cuántica de la escuela de Copenhague, y cómo, a pesar de ello, esta última llegó a constituirse en el pensamiento dominante entre los científicos. La mecánica cuántica, como ya señalamos, representa hoy la mejor y más exhaustiva descripción del mundo físico. Comprenderla seria y honestamente ofrece escenarios inesperados, fascinantes y abiertos a una realidad más vasta. En ella se puede vislumbrar un horizonte hacia el Misterio, incluso desde una óptica cristiana.

«Los muchachos de Copenhague»

Aparte de Born, que superaba los cuarenta años, Heisenberg, Jordan[9], Dirac[10] y Pauli[11] – es decir, los principales protagonistas del nacimiento de la teoría cuántica– eran todos veinteañeros. Con juvenil entusiasmo se vieron involucrados en el proyecto que habría cambiado el escenario de la física y, con este, el paradigma de nuestra visión del mundo. Este grupo de jóvenes, por medio de un refinado formalismo matemático[12] y de experimentos – reales o incluso concebidos solo mentalmente –, llegó a las siguientes conclusiones: 1) es imposible renunciar a lo que podríamos llamar el aspecto «probabilístico» de la teoría; 2) las cantidades «observables», es decir, obtenibles mediante procesos de medición, son las únicas que realmente existen para la ciencia.

El aspecto probabilístico

El aspecto probabilístico no refleja solamente la imperfección de nuestro conocimiento. Incluso si fuéramos «Dios»[13], no podríamos conocer con certeza el resultado de un fenómeno cuántico. Si este conocimiento absoluto y superior fuera posible, entonces nuestro modo de ver la realidad sería el modo conocido como «clásico».

Intentemos ahora aclarar el problema. En la física clásica se recurre a la probabilidad, aunque en realidad el proceso es determinístico. Es la imperfección de nuestro conocimiento y su inexactitud respecto de las condiciones iniciales de un sistema (el estado de partida), lo que impide que podamos formular pronósticos precisos, determinísticos. Si fuéramos Dios y si el mundo fuera gobernado por leyes clásicas, seríamos capaces de predecir con certeza absoluta el resultado de todos los fenómenos físicos del mundo. Conociendo por completo y precisamente el punto de partida de cada partícula del universo, estaríamos en condiciones de describir y predecir el recorrido que la enorme máquina cósmica – el gran «reloj de Dios» – está realizando y realizará.

En la mecánica cuántica, en cambio, es como si Dios mismo estuviera jugando a los dados y, cual jugador honesto, no conociera anticipadamente el resultado. Incluso conociendo de manera exacta todos los datos iniciales y las leyes de la naturaleza, sería de todos modos imposible predecir con exactitud el éxito de un experimento. Por lo tanto, los resultados de las mediciones son fundamentalmente no determinísticos, es decir, no predecibles de manera determinada[14]. El máximo de nuestro conocimiento, en la eventualidad de que efectuáramos la medición de una cantidad física del mundo cuántico, consistiría solamente en la probabilidad de obtener cierto valor[15].

Incluso sin entrar en el formalismo matemático, digamos de todas formas que el estado de un sistema cuántico está descrito por la llamada «función de onda», en la que coexisten – no realmente, sino en potencia – todas las magnitudes físicas – entre las que se cuentan, por ejemplo, la posición y la velocidad –, cada una con su respectiva probabilidad. Esto es todo lo que nos es dado conocer; la función de onda describe solo la probabilidad con la cual podremos obtener un resultado en el caso en que se efectuara la medición.

«¡Pero mira quién está aquí!»

El otro aspecto desconcertante de la mecánica cuántica es que preguntas del tipo: «¿Dónde se encontraba la partícula antes de que midiéramos su posición? ¿Qué recorrido ha realizado?» ya no tienen sentido. El físico Richard Feynman[16] formuló en 1948 un método matemático – muy técnico pero a la vez muy eficaz – que permite describir un fenómeno físico calculando la probabilidad de cada posible evolución del sistema, desde el punto inicial al punto final. En el procedimiento se deben incluir «todas» las trayectorias que el sistema puede recorrer[17], incluso aquellas que serían imposibles para la mecánica clásica, que prevé solo un recorrido determinado. En la mecánica cuántica no existe una sola trayectoria (una línea evolutiva única) atravesada por el sistema, sino infinitas, y la partícula puede pasar por todas ellas, incluso contemporáneamente.

Pero, ¿son reales estas infinitas trayectorias? John Wheeler[18] respondería: «[en el mundo físico] solo los fenómenos son reales […], y ningún fenómeno es un fenómeno mientras no sea un fenómeno observado»[19]. La física desarrollada por los «muchachos de Copenhague» estudia exclusivamente cantidades observables, es decir, que pueden obtenerse mediante mediciones. La medición «restringe» al fenómeno físico a asumir uno solo de los valores permitidos – el valor observado -, que se vuelve, de esta forma, el único que existe realmente. En términos técnicos, este proceso se define como «colapso de la función matemática». El conocimiento contenido en esta función de onda, que describe todos los valores posibles del sistema, es anulado completamente en el momento de la medición: esta hace colapsar la estructura matemática – y con ella el sistema – sobre el único valor que «realmente» observamos[20].

Podemos deducir, por lo tanto, que si bien la mecánica cuántica describe fenómenos que exceden nuestra experiencia cotidiana, no se trata de una mera especulación metafísica[21] ni menos de un modelo que arriesga introducir un cierto espiritualismo paranormal o parapsicológico. Al contrario, esta se concentra sobre lo que puede ser observado y verificado.

Podría ser complicado y un poco engañoso ofrecer en este contexto analogías extraídas de la física clásica, de la vida de todos los días. Podríamos comenzar con la conocida frase: «imaginemos que lanzamos un dado…», pero creemos que esto no funcionaría. El problema radica en el hecho de que el mundo cuántico describe una realidad tan alejada de nuestra vida cotidiana, que proponer analogías excesivamente simplificadas nos haría correr el riesgo de caer en paradojas, alimentando equívocos, en lugar de aclarar de manera simple conceptos complicados[22]. Heisenberg, en particular, percibió acertadamente este impasse como un problema lingüístico: el vocabulario conceptual humano nació como consecuencia de la evolución biológica y social, que emerge en un «ambiente» clásico, no cuántico. De esta forma, para describir la cotidianidad clásica, el hombre desarrolló un lenguaje apropiado, que sin embargo es totalmente inadecuado para representar fenómenos cuánticos, los que constituyen, en todo caso, la base de nuestro mundo. Por otra parte, a diferencia del lenguaje cotidiano – e incluso filosófico –, la matemática puede ofrecer un soporte ciertamente más modesto y limitado, pero mucho más sólido, para describir un mundo que para nosotros es tan extraño como el mundo subatómico[23].

¿Dios juega a los dados?

No podemos referir aquí los múltiples y extraordinarios éxitos experimentales que ha obtenido la mecánica cuántica. Recordemos, de todas formas, que esta teoría describe con extrema precisión prácticamente todo lo que hasta ahora hemos sido capaces de observar en el mundo físico: desde los simples fenómenos de reflexión de la luz a los más sutiles procesos que involucran las partículas elementales hasta el momento desconocidas. Nos podemos preguntar, entonces, qué tipo de realidad nos presenta el panorama cuántico.

Dirigiéndose a Bohr, Einstein escribía: «La teoría da buenos resultados, pero difícilmente se acerca al secreto del Anciano […]. Estoy totalmente convencido de que Él no está de ningún modo jugando a los dados»[24]. De acuerdo a Einstein, el mismo corazón de la nueva teoría batía de manera arrítmica e incierta, poniendo la causalidad exactamente al centro de las leyes de la naturaleza. Una posición desconcertante para una comunidad – la científica – que había construido una representación propia del mundo como la de un mecanismo preciso y perfectamente sincronizado, que no dejaba lugar a la incerteza o a la indeterminación.

Y fue precisamente en 1927 que Heisenberg enunció su «principio de indeterminación»[25], una «ley» – aclaremos – no experimental, sino fundamentalmente conceptual y que ha sido posteriormente confirmada por innumerables experimentos. Este principio establece los límites de la observación misma para lo que llamamos las «magnitudes físicas incompatibles»[26] de un sistema físico, como la medida de la posición y de la velocidad de una partícula, o de la energía y el tiempo de un proceso físico. Tales magnitudes no pueden ser determinadas con una precisión arbitraria: inevitablemente siempre existirá una incerteza, independiente de la bondad de nuestros instrumentos. Solo podemos conocer el mundo de manera indeterminada.

También hay que señalar que, antes del descubrimiento del mundo cuántico, la física había girado siempre alrededor del concepto de objetividad real de los objetos materiales. Incluso Einstein había adoptado posiciones bastante realistas, afirmando resueltamente que las teorías científicas son verdaderas representaciones de una realidad física objetiva, de «las cosas que están ahí». Todo procedía con normalidad, hasta que «los muchachos de Copenhague» sostuvieron que la ciencia había ganado finalmente terreno a la filosofía en la resolución de problemas relativos a la descripción de la realidad. ¿Pero cómo? Heisenberg señaló: «Debemos recordar que lo que observamos no es la naturaleza en sí misma, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de interrogaciones». Y Bohr de manera más explícita afirmó: «No existe un mundo de cuantos. Solo existe una abstracta descripción física del cuanto. Es un error creer que el objeto de la física es descubrir qué es la naturaleza. La física se ocupa de aquello que se puede decir de la naturaleza»[27]. Y a la célebre frase de Einstein «Dios no juega a los dados», Bohr replicó: «No le digas a Dios lo qué puede o no puede hacer».

En 1954, dos años antes de su muerte, Einstein escribió una carta al físico estadounidense David Bohm[28]: «Si Dios creó el mundo, no podemos decir que se preocupó demasiado de facilitarnos su comprensión». La física había resuelto los problemas de la comprensión de la realidad, arrojándolos sin embargo en el misterio. El mundo cuántico es un mundo desconcertante y contradictorio, pero el mundo es un enigma que la Naturaleza ya resolvió[29]. El universo parece estar allí, tranquilo y sereno frente a nuestros arduos tanteos cognitivos.

Un conocimiento dirigido el horizonte

El problema de los fundamentos de la mecánica cuántica permanece todavía abierto y entusiasma a físicos y filósofos de la ciencia. Hay muchas publicaciones sobre el tema y varias posiciones que difieren, incluso considerablemente.

En un extremo tenemos el «realismo», defensor del hecho de que cada afirmación sobre el mundo físico tiene un valor objetivo y real. Las cosas están ahí; el problema, en último término, es nuestro, somos nosotros los que no logramos conocerlas de manera completa y exacta; pero los modelos que hemos construido a lo largo de los siglos nos instruyen realmente – de manera más o menos precisa – sobre el mundo tal como es. Lidera esta visión la mecánica clásica y también las concepciones filosóficas que consideran el conocimiento como una «correspondencia entre realidad e intelecto».

En el otro extremo, encontramos el «instrumentalismo» exasperado y a ratos anti-realista. De acuerdo a esta interpretación, las leyes de la física y nuestra descripción del mundo tienen un valor simplemente práctico, es decir, son meros instrumentos útiles para explicar y predecir fenómenos (o más precisamente, su probabilidad de concreción), pero que esencialmente no representan en absoluto la realidad, de la que no se puede decir nada (admitiendo que exista). Esta posición, muy en boga entre los físicos, fue en cierta medida sostenida incluso por la escuela de Copenhague[30].

Aquí, sin embargo, no pretendemos entrar en ese debate. La visión que proponemos es una que podríamos llamar de «conocimiento horizontal» de la mecánica cuántica y de la física en general. «Horizontal» en este caso hace referencia al horizonte, la línea de demarcación entre el cielo y la tierra. Haciendo un breve paréntesis literario, se trata del «seto» y el «horizonte» de Giacomo Leopardi[31].

En El infinito, es el seto lo que impide la visión de cierta parte del horizonte. Para la concepción clásica, este representa lo que somos capaces de ver y los límites de nuestro conocimiento, que es imperfecto en lo que concierne a los datos iniciales y las leyes de la naturaleza, y esta imperfección nos impide ver el horizonte. Este último está ahí, pero nosotros no podemos experimentarlo a causa del seto. La concepción cuántica, en cambio, es capaz de llegar al horizonte mismo, pero es un límite insalvable que encierra todo lo visible. Es un confín natural, inevitable e insuperable, que esconde lo que está más allá. Nuestro afán de conocimiento está encerrado al interior de tal horizonte[32], en tanto la descripción de los fenómenos físicos es exclusivamente probabilística, por la «relación de indeterminación» y por el hecho de que la realidad física cognitiva está constituida solo por elementos «observables» (y no por los «objetos» mismos): los fenómenos, en efecto, existen en la medida en que los podemos observar y entran en relación con el aparato de medición[33].

Estamos conscientes de que no decimos nada nuevo sobre los límites del conocimiento científico. Las disciplinas teológicas y filosóficas consideran el conocimiento científico tan útil como limitado e incompleto. Aquí, no obstante, queremos destacar dos cosas. La primera es que son los mismos científicos del siglo XXI quienes reconocen explícitamente los límites del saber humano. Los físicos de hoy divisan el horizonte e intuyen que este es necesario para la ciencia, así como el horizonte geográfico es indispensable para el Planeta. Este límite es concebido desde adentro – y la misma ciencia así los describe –, y no se impone desde afuera por autoridades de naturaleza política o religiosa, que en ocasiones no entienden las dinámicas de la investigación científica.

La segunda cuestión consiste en reconocer que el horizonte puede ciertamente moverse, ampliarse, extenderse – y como científicos estamos llamados a hacerlo –, pero la línea de demarcación de nuestro conocimiento es inevitable y constituye el fundamento de nuestro saber. Además, el límite supone la presencia de algo que está más allá del campo visual. Esto no coincide necesariamente con la aceptación de un Dios personal, pero sería bastante injustificado refugiarse obstinadamente en la idea de que más allá «del último horizonte que excluye la mirada» no existe nada.

Como dijimos anteriormente, «los fenómenos existen en la medida en que los podemos observar y entran en relación con el aparato de medición». Esta frase, atribuida a Bohr, es citada por Rovelli[34] en su libro Helgoland. Estamos de acuerdo con esta idea, tanto desde un punto de vista epistemológico (cognitivo) y ontológico (descriptivo de lo real)[35], como desde un punto de vista teológico. La imposibilidad de distinguir el fenómeno de la observación (experimental o matemática) y el hecho de que las propiedades de las partículas se manifiesten solo cuando entran en relación con otras entidades parecen eliminar la existencia de algo que sea objetivo, que sea autónomo e individual. En línea con Leibniz[36], las bases del mundo no están constituidas por mónadas independientes y aisladas, sino por relaciones: la realidad en sí misma es relacional.

La percepción teológica que entrevemos se aleja, sin embargo, de la de Rovelli, que ve la relación como una negación de la metafísica y una puerta abierta a concepciones cercanas a las del pensamiento oriental[37]. Se debe tener presente que el pensamiento teológico cristiano vislumbra en la Trinidad la actuación misma de la relación. La Trinidad es relación en sí misma, relación con el universo, y relación con todos los seres vivos, sensibles o no.

Esta concepción no debe verse en contraposición a la anterior. No lo es, pues «la física instruye, pero no obliga ni aprisiona», por lo que múltiples interpretaciones pueden convivir perfectamente. Además, el misterio de la encarnación nos invita a percibir la presencia del Espíritu en múltiples realidades, invitándonos a ampliar las imágenes de la verdad y a captar sus manifestaciones multiformes, incluso si ostentan posiciones que nos parecen distantes.

La mecánica cuántica abre a una concepción relacional y dinámica de la realidad. El conocimiento serio y atento de la física contemporánea nos invita, de esta forma, a un diálogo teológico todavía más rico y variado del que estamos acostumbrados.

* Jesuita romano y estudiante de teología en París. Licenciado en Física de partículas, en 2009 obtiene el doctorado en Alemania, al efectuar la medida más precisa jamás realizada: el momento magnético del muon. Trabaja en el CERN, y se dedica a la investigación de la materia oscura en UCLA, en Israel y en la Universidad de Edimburgo.

  1. Albert Einstein (Ulm, 14 de marzo de 1879 – Princeton, 18 de abril de 1955), probablemente el científico más conocido del siglo XX, fue un físico alemán, naturalizado suizo y estadounidense. En 1921 recibe el premio Nobel de Física «por su contribución a la física teórica, en particular por el descubrimiento de la ley del efecto fotoeléctrico».
  2. G. C. Ghirardi, Un’occhiata alle carte di Dio. Gli interrogativi che la scienza moderna pone all’uomo, Milano, il Saggiatore, 1997, XV.
  3. Entendemos por «mecánica clásica» la física que describe adecuadamente los fenómenos macroscópicos de todos los días, en particular la mecánica iniciada por Galileo y formalizada por Newton.
  4. Niels Henrik David Bohr (Copenhague, 7 de octubre de 1885 – Copenhague, 18 de noviembre de 1962), fue un físico danés y uno de los principales fundadores de la mecánica cuántica. Recibió el premio Nobel de Física en 1922.
  5. Werner Karl Heisenberg (Wurzburgo, 5 de diciembre de 1901 – Múnich, 1 de febrero de 1976) fue un físico alemán. En 1932 recibió el premio Nobel de Física por la creación de la mecánica cuántica. Su principio de indeterminación – a veces mal interpretado – es muy conocido. Volveremos a él en el curso de este artículo.
  6. Max Born (Breslavia, 11 de diciembre de 1882 – Gotinga, 5 de enero de 1970) fue un físico alemán, naturalizado británico, premio Nobel de Física en 1954 por la mecánica cuántica, particularmente por la interpretación probabilística de la función de onda.
  7. John C. Polkinghorne (Weston-super-Mare, 16 de octubre de 1930) es un filósofo, teólogo y físico británico, miembro de la Royal Society y pastor anglicano.
  8. W. K. Heisenberg, Physics and Philosophy, London, Penguin Books, 1958, 23.
  9. Pascual Jordan (Hannover, 18 de octubre de 1902 – Hamburgo, 31 de julio de 1980) fue un físico y matemático alemán.
  10. Paul Adrien Maurice Dirac (Bristol, 8 de agosto de 1902 – Tallahasse, 20 de octubre de 1984) fue un físico británico, premio Nobel de Física de 1933.
  11. Wolfgang Ernest Pauli (Viena, 25 de abril de 1900 – Zúrich, 15 de diciembre de 1958) fue un físico austriaco, premio Nobel de Física de 1945.
  12. Para ser precisos, debemos decir que los formalismos matemáticos son dos, desarrollados independientemente por Karl Heisenberg y Erwin Schrödinger (Viena, 12 de agosto de 1887 – Viena, 4 de enero de 1961; recibió el premio Nobel de Física en 1933, junto a Dirac). El primer formalismo, el de Heisenberg, es conocido como «mecánica matricial». El otro, el de Schrödinger, es la llamada «mecánica ondulatoria». Lo sorprendente es que, a pesar de la divergencia sobre todo filosófica de los creadores de ambos formalismos, uno y otro método resultan exactamente equivalentes en el estudio y predicción de los fenómenos físicos, y son utilizados indistintamente por los científicos de todo el mundo.
  13. El término «Dios» no tiene en este caso el sentido de un Dios personal, se trata más bien de un apelativo – tal vez algo provocativo – para indicar un ser omnisciente, que conoce a la perfección todas las leyes de la naturaleza.
  14. Esto es válido para las cantidades – llamadas también por los físicos «variables» – que denominamos «incompatibles», como, por ejemplo, la posición y la velocidad, o la energía y el tiempo.
  15. Cfr G. C. Ghirardi, Un’occhiata alle carte di Dio…, cit., 94.
  16. Richard Phillips Feynman (New York, 11 de mayo de 1918 – Los Ángeles, 15 de febrero de 1988) fue un físico y difusor científico estadounidense, premio Nobel de Física de 1965 por la elaboración de la electrodinámica cuántica.
  17. Cfr R. P. Feynman, QED. The strange theory of light and matter, Princeton, Princeton University Press, 1985 (en esp. Electrodinámica cuántica: la extraña teoría de la luz y la materia, td. Ana Gómez Antón, Madrid, Alianza, 2020).
  18. John Archibald Wheeler (Jacksonville, 9 de julio de 1911 – Hightstown, 13 de abril de 2008) fue un eminente físico teórico estadounidense.
  19. G. C. Ghirardi, Un’occhiata alle carte di Dio…, cit., 95.
  20. Cfr W. K. Heisenberg, Physics and Philosophy, cit.
  21. Aunque prestamos gran atención y tenemos un profundo respeto por el conocimiento metafísico, es importante notar que la mecánica cuántica es una teoría científica – muy bien respaldada experimentalmente – lo que es bien distinto de las múltiples y ricas escuelas de pensamiento metafísico que interpretan la realidad.
  22. Es bastante conocida la historia del gato de Schrödinger, que está, al mismo tiempo, vivo y muerto. Esta descripción analógica, que recurre tanto a un sistema macroscópico (el gato) como cuántico (la descomposición de un átomo, es decir, el cambio de estado de una partícula), ha provocado más asombro que claridad. Eso era probablemente lo que buscaba el autor, pero a nosotros nos permite entender que la búsqueda de analogías puede complicar la comprensión y volver el contexto todavía más enigmático y paradojal.
  23. Cfr W. K. Heisenberg, Physics and Philosophy, cit., 38.
  24. Con el término «Anciano» Eisntein se refiere aquí a Dios. Para él, no existe ciertamente un Dios teísta, personal, sino más bien una Entidad superior y omnisciente, que garantiza la regularidad de las leyes humanas.
  25. Es interesante destacar que Heisenberg, con su gran – y a ratos sospechosa – atención al lenguaje, no utiliza casi nunca la palabra «principio». Las expresiones que más usa son «relaciones de inexactitud», o «relaciones de incerteza» o «relaciones de indeterminación». Cfr D. Lindley, Incertidumbre. Einstein, Heisenberg, Bohr y la lucha por la esencia de la ciencia, Barcelona, Ariel, 2008.
  26. No entraremos en las sutilezas técnicas de la mecánica cuántica. Para dar una descripción simplificada, podemos recordar que en mecánica cuántica dos cantidades son incompatibles si el orden en que se estiman hace cambiar el resultado final, es decir [A, B] = A⋅B – B⋅A ≠ 0.
  27. C. Rovelli, Helgoland, Milano, Adelphi, 2020, 49.
  28. David Joseph Bohm (20 de diciembre de 1917 – 27 de octubre de 1992) fue un científico estadounidense, miembro de la Royal Society y creador de la llamada «mecánica bohmiana», que ofrece una visión alternativa a la tradicional mecánica cuántica. Bohm, con sus ideas no convencionales, contribuyó a la neuropsicología y a la filosofía de la mente.
  29. Cfr C. Rovelli, Helgoland, cit., 157.
  30. Cfr W. K. Heisenberg, Physics and Philosophy, cit.; G. C. Ghirardi, Un’occhiata alle carte di Dio…, cit.; G. Boniolo, Filosofia della fisica, Milano, Mondadori, 1997; C. Rovelli, Helgoland, cit.
  31. Hablamos de la poesía El Infinito de Leopardi, escrita en 1819. Estos son los primeros versos: “Siempre querido me fue este solitario cerro / y este seto que tanta parte / del último horizonte la mirada excluye”.
  32. Al principio desaconsejamos el uso de imágenes cotidianas para describir fenómenos y/o paradojas cuánticas; ahora sin embargo no buscamos ilustrar una “rareza” cuántica a través de una descripción clásica del mundo conocido, sino elaborar un discurso epistemológico, es decir, un discurso que se concentra en la naturaleza misma de lo que conocemos.
  33. C. Rovelli, Helgoland, cit., 141.
  34. Carlo Rovelli (Verona, 3 de mayo de 1956) es un físico, ensayista y académico, dedicado a la física teórica, que actualmente trabaja en el Centre de Physique Théorique de Luminy, en la Universidad de Aix-Marseille.
  35. Si bien en sus libros Rovelli a veces parece negar el hecho de que la física debe ser asociada a una ontología determinada.
  36. Gottfried Wilhem Leibniz (Leipzig, 1 de julio de 1646 – Hannover, 14 de noviembre de 1716) fue un fil ósofo, matemático, científico, lógico, teólogo, lingüista, diplomático, jurista, historiador y magistrado alemán. Leibniz introduce la «mónada» como «forma sustancial del ser»: se trata de algo así como «átomos» espirituales, eternos, no descomponibles, individuales, que siguen leyes propias y no interactúan; cada una de ellas refleja todo el universo en una armonía preestablecida.
  37. Cfr C. Rovelli, Helgoland, cit., 144.

 Fonte: https://www.laciviltacattolica.es/2021/05/19/dios-juega-a-los-dados/

Nenhum comentário:

Postar um comentário