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domingo, 26 de dezembro de 2021

Bifo advierte: se acerca la segunda venida de Adolfo Hitler

 Franco "Bifo" Berardi

Es su primer libro pos pandemia y se titula "La segunda venida". Como lectura, es un compañero de viaje notable para estos tiempos imprevisibles.

lászló erdélyi

domingo, 19 diciembre 2021 02:15

Los uruguayos, que observan los problemas del mundo como algo lejano, como un problema “de otros”, van a recibir este libro como una auténtica bofetada. Es el primer libro pos pandemia del filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi y su título, La segunda venida, parece algo anodino, hasta que Bifo advierte que trata de la “segunda venida” de Adolfo Hitler. Es una advertencia bíblica: el creador del gigantesco pogrom industrializado llamado Holocausto está por volver. Es un mesías devastador, cuyos enviados se le han adelantado. Uno es Donald Trump. Las condiciones que han desatado este apocalipsis son muchas, algunas con profundas raíces históricas en el colonialismo europeo del siglo XIX, y otras por la lenta estupidez con que miramos ciertos fenómenos actuales, por ejemplo el mal uso de Internet.

“Algo se excitó en mi mente irónico-profética” confiesa Bifo. “Tengo 68 años y vivo en el mismo barrio donde vivía como estudiante y activista hace 50 años. Prácticamente nada ha cambiado en el paisaje, excepto los estudiantes. Los veo desde mi ventana: solitarios, mirando las pantallas de sus smartphones, apurándose nerviosamente para no llegar tarde a clase, volviendo a los costosos cuartos tristes que les alquilan sus familias. Siento su melancolía, siento la agresividad latente de su depresión, sé que esa agresividad puede brotar y expresarse bajo el estandarte del fascismo. No del viejo fascismo que explotó de energía futurista, sino del nuevo fascismo que resulta de la implosión del deseo, del intento de mantener el control, el pánico y la rabia depresiva de la impotencia".

Las causas

Bifo afirma que todo es culpa nuestra. Comenzó con el brutal colonialismo europeo del siglo XIX, tan extractivo y rapaz como asesino. Cita un artículo olvidado de Zbigniew Brzezinski, ex consejero de Jimmy Carter, titulado “Hacia un realineamiento global” (2016), sobre lo que significó para los pueblos colonizados lo ocurrido en el siglo XIX y en gran parte del siglo XX. “Las matanzas periódicas de sus ancestros (...) dejaron como saldo, más o menos en el lapso de los últimos dos siglos, una masacre de los pueblos colonizados de una magnitud comparable a los crímenes nazis durante la Segunda Guerra Mundial: literalmente, cientos de miles e incluso millones de víctimas. La autoafirmación política reforzada por la indignación y el dolor demorados es una fuerza poderosa que hoy aflora, sedienta de venganza, no solo en el Medio Oriente musulmán, sino muy probablemente más allá”. Hay datos: los españoles conquistadores de México mataron, con sus enfermedades importadas y otras masacres, a más de 20 millones. En Norteamérica, sobre todo por enfermedades, mataron al 90% de la población indígena. Los británicos asesinaron en India, tras la rebelión de 1857, a un millón de civiles. La introducción de los cultivos del opio en China causó la muerte de millones. El rey Leopoldo II de Bélgica, entre 1857 y 1867, mató en el Congo entre diez y quince millones. Decenas de miles de musulmanes turcos murieron tras ser desplazados por los rusos hacia las montañas de Asia Central y el interior de China, entre 1916 y 1918. Los invasores holandeses mataron en Indonesia a 300 mil civiles entre 1835 y 1840. Los franceses en Argelia (1830 a 1845) asesinaron a un millón y medio de argelinos. Los italianos internaron en campos de concentración de Libia (1927 a 1934) a los cirenaicos, donde se estima que murieron hasta 500 mil. La Unión Soviética mató, durante su invasión de Afganistán (1979-1989), alrededor de un millón de civiles. A pesar de los avances tecnológicos, que permitió un uso de la fuerza más “productivo”, los Estados Unidos mataron en Iraq a 165 mil civiles. “Igual de estremecedor que la magnitud de estas atrocidades es lo rápido que Occidente se ha olvidado de ellas” sentencia Brzezinski.

En el mundo apocalíptico de hoy, los humillados se están cobrando venganza por la humillación pasada. “El ejército de vengadores es fuerte; son cientos de jóvenes desempleados, a los que se les prometió democracia y bienestar, y que en cambio han recibido guerra y miseria. No tienen nada que perder, excepto sus propias vidas”. Se lanzan al mar para llegar a Europa, o migran por tierra conducidos por mafias. Acatan a un presidente bielorruso que los invita con la sola intención de provocar a Europa, sin importarle un comino las consecuencias humanas. Los uruguayos, conmovidos, tuvieron gestos, como los sirios refugiados que trajo el presidente José Mujica, que una vez aquí exigieron, demandaron, protestaron. Los miramos desconcertados. No los entendimos.

Ilustración oscura

El libro La segunda venida es un libro riquísimo en ideas. Bifo se apoya como latiguillo en una frase de Keynes: “Lo inevitable por lo general no sucede, porque prevalece lo impredecible”. Como el caos es más fuerte que el orden, “lo mejor que se puede hacer es hacerse amigo del caos”. Para entenderlo. Por ejemplo, por qué esta era de la demencia (“la del cuerpo social sin cerebro”) da gran apoyo al racismo, al nacionalismo y a la guerra religiosa, logrando resultados en términos electorales. Por gente que odia a la centroizquierda porque fracasó en sus promesas, y la quiere ver llorar, pedir perdón (su agenda termina ahí, carecen de propuestas). A su vez la masa social ha perdido autonomía, y por lo tanto, capacidad crítica. Porque si bien una persona joven está más informada que hace 50 años, está menos preparada para elegir entre alternativas culturales y políticas. Dice Bifo: “no hay nada nuevo en las fake news (...) lo nuevo son la velocidad y la intensidad de la infoestimulación (...) que pone en peligro nuestras habilidades críticas (porque) la facultad cognitiva que llamamos ‘crítica’ es la capacidad de un individuo para distinguir entre proposiciones verdaderas y falsas, así como actos buenos y malos, y solo se desarrolla bajo condiciones especiales. De hecho, para ser capaz de distinguir críticamente, nuestra mente necesita procesar información, sopesar y luego decidir. La capacidad crítica implica una relación rítmica entre estímulo informativo y tiempo de elaboración”.

A lo que se suma la incapacidad de la democracia “para frenar la depredación financiera, por lo que los trabajadores empobrecidos están buscando otra vía, y la única vía que queda es el fascismo”. Que abrazan muchas veces el mito supremacista blanco. En un mundo donde todo es competir y ganar: no importa producir sentido. “Hay una primacía epistemológica de la esfera económica, y esta primacía se ha convertido en el criterio general de la educación”, desplazando a las Humanidades.

Y sigue Bifo, de la ineficacia del Estado leviatán pensado por Hobbes, a esa figura femenina del poder que Maquiavelo soslayaba, y que llamaba fortuna. Pondera al Papa Bergoglio en contra el anterior, Ratzinger, por reavivar el sentido solidario. Habla de una guerra civil global originada en algo opuesto a la Ilustración, y que llama la “Ilustración oscura”, pues actúa contra la razón y reafirma el sentido de pertenencia.

Hay que leer a Bifo. Es un libro chiquito, no muerde. Habrá discrepancias y coincidencias. Pero remueve, buscando sentido. Es un gran compañero de viaje para este mundo imprevisible.

LA SEGUNDA VENIDA, Neorreaccionarios, guerra civil global y el día después del apocalipsis, de Franco “Bifo” Berardi. Caja Negra, 2021. Buenos Aires, 112 págs. Traducción de Tadeo Lima.

Postado por Zelmar Guiotto às 10:05 Nenhum comentário:

sábado, 25 de dezembro de 2021

Um animal irracional

Hélio Schwartsman*

Ilustração de Annette Schwartsman para a coluna de Hélio Schwartsman deste domingo (26.dez) exibe um homem caindo na borda do mundo,  em alusão ao terraplanismo.

Para cada avanço do pensamento racional, surgem reações bem pouco racionais, que às vezes triunfam

Há vários modos de ser irracional. Alguns fazem mais sentido do que outros. É conhecida a máxima atribuída ao apologista cristão Tertuliano (c. 160-c. 220), segundo a qual a crença religiosa precisa ser absurda —"Credo quia absurdum", "creio porque é absurdo". Kierkegaard, no século 19, retoma essa tradição, ao postular que a fé é um ato de vontade, que prescinde de provas e considerações racionais.

Nem todos são capazes de aceitar tal nível de abstração. É o caso de Ken Ham, que, na tentativa de conciliar evidências fósseis com uma leitura literal da Bíblia, fundou, no Kentucky, o Museu da Criação. O resultado é risível. Para que a Terra possa ter apenas 6.000 anos, como quer a Bíblia, Ham precisa pôr dinossauros para conviver com humanos. Se tivesse estudado mais filosofia, saberia que não é necessário forjar provas para salvar a religião.

E o caso de Ham e seu museu nem ocupa o topo da irrazão. Esse título provavelmente cabe aos que defendem que a Terra é plana. Seria muito fácil descobrir se essa tese é verdadeira ou falsa. Bastaria ir até a suposta beirada do planeta. Mas os terraplanistas não vão. O que os move não é o amor pela verdade factual, mas a rejeição, política, ao que descrevem como um complô do establishment para impor ideias goela abaixo da população. Se a crença na Terra plana, ao contrário das teses do movimento antivacina, não leva a comportamentos de risco no plano individual, ela tem como corolário uma erosão social ainda mais profunda: não devemos acreditar em nada que as escolas nos ensinam e nossos líderes nos dizem.

Nos parágrafos acima, parafraseei alguns dos "insights" de um dos capítulos do excelente "Irrationality", de Justin E.H. Smith, em que o autor mostra que, para cada avanço do pensamento racional, surgem reações bem pouco racionais, que às vezes triunfam. Não é tanto uma falha de pensamento, mas a própria condição humana.

 Ilustração de Annette Schwartsman para a coluna de Hélio Schwartsman deste domingo (26.dez). - Annette Schwartsman

*Jornalista, foi editor de Opinião. É autor de "Pensando Bem…". 
 
Fonte:  https://www1.folha.uol.com.br/colunas/helioschwartsman/2021/12/um-animal-irracional.shtml?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=newscolunista&origin=uol
Postado por Zelmar Guiotto às 21:09 Nenhum comentário:

Essas datas

LYA LUFT*

A lenda da Vela de Natal. – Itacy Danielle da Silva Huergo

Nessas datas como Natal, virada de ano e outras, muitos têm olhos mais brilhantes e se sentem mais contentes - ou porque sua crença religiosa lhes confere isso, ou porque vão reunir pessoas amadas, talvez a família ou parte dela que esteja acessível, porque vão dar uma lembrança especial ao seu amor, ou simplesmente porque não dá para viver sempre angustiado.

Nessas datas, eu às vezes decido não escrever sobre elas. Mas acabo escrevendo. Bobagem minha, porque sempre há o que partilhar, ainda que sejam dúvidas. Por que, por exemplo, considerar datas especiais como farsa porque às vezes aproximam pessoas que nem se gostam, ou desculpam em tantas o frenesi do consumo que as deixa endividadas por todo o ano seguinte? Essas datas não precisam ser festivais de consumismo, especialmente nesta fase de empobrecimento de quase todo mundo. Mesmo quem há alguns meses podia viver sem preocupação (desde que não cometesse excentricidades), é hora de calcular, encolher, recolher grandes impulsos. Passamos dos generosos presentes, dados e recebidos, às "lembranças" - não menos amorosas, pois revelam: "Não posso mais tanto, mas ainda posso te mostrar, lembrar o quanto és especial para mim".

Essas datas podem ser aprendizado de economia e de afeto. Aprendemos no bolso e no coração que dinheiro não é tudo. É importante fator de segurança, dignidade e liberdade, mas tudo bastante relativo: não nos confere nenhuma nobreza, nem direitos, nem grandeza, nem, menos ainda, isso que chamamos felicidade. Acredito que muitas pessoas bem modestas têm mais chance de se sentirem amadas, acompanhadas, contentes: porque a união as mantém de pé, porque a proximidade, que de um lado propicia mais conflitos, de outro garante abraço e escuta ou um prato de comida compartilhado.

Talvez as épocas de mais penúria sejam boas para nos ajudar a reavaliar isso que chamamos "valores", palavra que tantos pronunciam de boca cheia e coração vazio, cabeça mais ainda. O que mais vale? O carrão novo ou o filho encaminhado na vida, decente e ainda entusiasmado? O resort nas Bahamas ou poder pagar as prestações da casa modesta mas nossa, e aconchegante? Ganhar na Mega Sena ou recuperar a saúde que parecia perdida? Reencontrar o amigo que se afastou (e nem sabemos por que), ver emoção brilhando nos olhos das pessoas queridas, só porque estamos juntos, esquecendo por algumas horas as rivalidades, as infantilidades, os mal-entendidos e os desentendimentos - e por que afinalainda estamos aqui, firmes e atentos?

Gosto dessas datas que muitos dizem detestar: aquele telefonema, aquele recado na internet, aquela visita inesperada, aquela boa conversa frente a frente, lado a lado (se filhos ou netos, parece que ontem ainda estavam em nosso colo, mas passam o braço em nossos ombros, nós menores que ele ou ela). Se parceiro ou parceira, renova-se o calor de um afeto talvez antigo.

Essas datas são ainda mais especiais em tempos preocupantes aqui e pelo mundo. Que o Natal nos dê conforto, calor na alma, renovadas risadas, conversas jogadas fora, simples alegria de escutarmos nossas mútuas vozes, e olharmos nos olhos uns dos outros - ou, para quem estiver muito, muito longe, esse telefonema em que se brinca, pra disfarçar na voz a mal contida emoção.

Esse texto foi originalmente publicado na edição de 24/25 de dezembro de 2016

* Escritora

Fonte: https://flipzh.clicrbs.com.br/jornal-digital/pub/gruporbs/acessivel/materia.jsp?cd=87a72a2a8ddf6ba10ee3867a05247cb1

Imagem da Internet

Postado por Zelmar Guiotto às 10:40 Nenhum comentário:

Jesus merece ser celebrado

 David Coimbra*

Gilmar Fraga / Agencia RBS 

Ele foi o homem mais importante da história ocidental, só que não pela religião, e sim pela filosofia.  O Ocidente é o que é graças a Jesus.


A religião atrapalha quando você tenta dimensionar a figura de Jesus. Porque Jesus foi o homem mais importante da história ocidental, só que não pela religião, e sim pela filosofia. 

As ideias de Jesus mudaram o mundo. Não a crença; as ideias. 

Até o surgimento dele, a desigualdade entre os seres humanos era vista como algo natural. Platão defendia o governo aristocrático dos mais sábios e Aristóteles dizia que a escravidão era uma condição do próprio ser. Ou seja: a pessoa nascia para ser escrava e viveria melhor sendo escrava. 

As primeiras considerações morais de uma religião foram feitas pelos egípcios. Eles acreditavam que, depois que a pessoa morria, ela era julgada no Tribunal de Osíris. A principal cerimônia desse julgamento era presidida pela deusa Maat, uma bela morena que tinha asas sob os braços e que enfeitava os cabelos negros com uma pena de avestruz. Essa pena Maat colocava no prato de uma balança e a apresentava ao réu, que devia acomodar o próprio coração no outro prato. Se seu coração fosse mais pesado do que a pena, significava que estava cheio de pecados que cometera em vida e ele era condenado sem direito a apelar para o STF.

Então os egípcios tentavam ser bons em vida para não serem condenados após a morte. 

Gregos e romanos não incorporaram essa noção moral dos egípcios. Para seus deuses, pouco importava se os homens fossem bons ou maus, desde que lhes prestassem homenagens e lhes fizessem sacrifícios. Os deuses greco-romanos apreciavam a bajulação mais do que a decência. 

Jeová, dos antigos hebreus, fazia mais exigências éticas. Começou com os 10 Mandamentos e foi se aperfeiçoando na poeira dos séculos. Por volta de 750 antes de Cristo apareceu o terrível profeta Amós, o primeiro socialista da Humanidade, que defendia os pobres e amaldiçoava os ricos. Sua pregação era uma denúncia: 

“Vendem o justo por dinheiro, o indigente por um par de sandálias, esmagam a cabeça dos fracos no pó da terra e tornam a vida dos oprimidos impossível!” 

“Ai dos que vivem tranquilos em Sião! Dos que estão confiantes no Monte da Samaria! (...) Ai dos que se deitam em camas de marfim ou se esparramam em cima dos coxins, comendo cordeiros do rebanho, vitelos cevados em estábulos! (...) Acabou a festa dos boas-vidas!” 

Os profetas tornaram o judaísmo uma religião asperamente moral.

Jesus bebeu dessa ética, mas foi adiante. Jesus dizia que todos somos irmãos, pregava contra a vindita e, ousadia inominável até os dias de hoje, intimava os homens a amar os próprios inimigos. Pela primeira vez na História, o amor ao próximo se transformou na maior valência do caráter humano. 

 O Ocidente é o que é graças a Jesus. A Declaração dos Direitos Humanos, a Revolução Francesa, o voto universal, a abolição das escravaturas, o feminismo, o antirracismo, os direitos dos homossexuais, a ideia de que todas as pessoas nascem iguais, independentemente da melanina, do gênero ou dos atributos físicos, tudo isso é fruto da filosofia de Jesus.  

Jesus merece ser celebrado. Feliz Natal.  

Imagem: Gilmar Fraga / Agencia RBS

Fonte:  https://gauchazh.clicrbs.com.br/colunistas/david-coimbra/noticia/2021/12/jesus-merece-ser-celebrado-ckxjdgjcu006g015pqhccfqt1.html


  • Postado por Zelmar Guiotto às 10:24 Nenhum comentário:

    Ninguém salvou Christmas

     Carlos M. Fernandes *

     Christmas At Trentham

    Os Evangelhos, como toda a literatura canónica, são inesgotáveis nas suas propostas de nos fazer pensar – e envergonhar.

    O Natal não é quando o homem quiser. Destituída da carga de mutação ontológica dos rituais de nascimento e passagem, a quadra natalícia agrega, no entanto, uma série de cerimónias que satisfazem necessidades de renovação, redenção e restauração da ordem moral, e que, na sua dimensão mítica e sagrada, reclamam uma celebração colectiva em ocasião bem definida no tempo histórico. Por outro lado, a festa que assinala a hierofania suprema irradia a grande ideia que lhe está associada: a dignidade dos seres humanos enquanto indivíduos, condição indissolúvel no fluido da humanidade. Com mais ou menos elementos profanos, o Natal é, dentro de certos limites, o que o homem quiser.

    Nas sociedades contemporâneas, imersas numa crise espiritual, o Natal é sinónimo de ansiedade. O apelo ao consumo, à retribuição e à alegria perene, o domínio da amargura e do ressentimento, a dissipação da miragem infantil, as cadeiras desocupados pelo tempo que o inverno demográfico não preenche e que se impõem como símbolos inquietantes da conversão da morte em nada operada pela secularização, tudo concorre para a descaracterização e extinção paulatina do Natal.

    É neste ambiente de fragilidade cultural e desconsolo que os burocratas de Bruxelas decidiram actuar: recentemente, para surpresa de poucos, foi divulgado um plano que visa a reformulação do vocabulário alusivo às festividades natalícias, plano que se insere num programa mais ambicioso segundo o qual nem os nomes próprios Maria e João devem ser poupados. No ano passado, a canção «Fairytale of New York», de Shane MacGowan, foi purgada do termo «faggot». Ao que tudo indica, em breve não poderemos ouvi-la ou sequer trauteá-la, a não ser que alguém a reescreva como fábula de um solstício de Inverno.

    É certo que a manobra foi denunciada na praça pública e que a Comissão Europeia se sentiu forçada a recuar. Porém, não há razões para acreditar que a sanidade recuperou finalmente o seu senhorio. O recuo é estratégico, com certeza, e num momento mais oportuno consumar-se-á o assalto: quando o novo totalitarismo põe uma ideia em marcha, esta, mais tarde ou mais cedo, será concretizada. Não é o carisma ou a audácia profética que fazem de Michel Houellebecq uma espécie de vate literário; é a constatação de que a engrenagem que nos conduzirá à submissão já está em serviço e a subversão definitiva dos valores morais que nos moldaram ao virar da esquina.

    É inevitável, neste contexto, recordar a Alemanha da década de 1930. Apesar de autorizarem as celebrações do Natal, os nazis tentaram adaptá-lo à doutrina nacional-socialista, subtraindo-lhe as referências cristãs e adulterando-lhe os símbolos. Aliás, o regime preparou mesmo a erradicação do cristianismo, com o propósito de substitui-lo por um novo paganismo inspirado na mitologia nórdica, que por sua vez fora cooptada como narrativa vital do nazismo. Na Alemanha de Hitler, Wotan deveria recandidatar-se ao lugar de Deus. Não seria, creio, o Wotan de Richard Wagner, um herói trágico que, consciente do desastre da sua intervenção, convencido do fim do reinado dos deuses e da inutilidade do seu empenho na criação de um homem que salvasse a velha ordem, proclama: «Um homem livre deve criar-se a si próprio; eu só posso criar escravos.» (Die Walkure, acto 2, cena 2).

    Haverá quem se melindre com a menção ao nazismo e estou seguro de que alguns até se vão lembrar da falácia Reductio ad Hitlerum. É uma objecção legítima. No entanto, a História também é feita para que possamos debruçar-nos sobre ela e aprender com os acontecimentos que a definiram. O passado ensina-nos que tudo tem um princípio lento – Bergman chamou-lhe «o ovo da serpente» – e que os grandes desastres não são fruto de uma centelha fortuita; ao invés, têm origem numa rede complexa de factores, de causas primárias e secundárias e interacções, que, em virtude das idiossincrasias da natureza humana, tende a permanecer no tempo, adormecida, para despertar periodicamente. O início da década de 20 tem vindo a sublinhar esta asserção.

    Se a evocação do totalitarismo nazista ou estalinista, mesmo diante do claro retrocesso da liberdade que o século XXI vem testemunhando, pode parecer exagerada, convenhamos que a divisão entre puros e impuros instituída pela ditadura sanitária, as insígnias amarelas usadas na sinalização dos rebeldes (não é exagero metafórico, aconteceu mesmo num colégio britânico), ou os cartazes postos à entrada das lojas alemãs para travar aqueles que, por qualquer motivo, não foram sujeitos à inoculação da moda, causam, quando menos, um certo desassossego. Há actos e emblemas que não têm como escapar da sua simbologia histórica.

    Voltando ao Natal: será que ainda somos sensíveis às histórias contadas nas Escrituras? Estou a lembrar-me de um dos milagres relatados nos três Evangelhos sinópticos, a cura dos leprosos, ensaio sobre a subordinação do Levítico e das suas leis à compaixão e ao mais elementar sentido de justiça, e do episódio da negação de Pedro, terrível expressão do instinto de sobrevivência e aviso sobre quão fácil é para o medo e a cobardia se intrometerem nos espíritos mais insuspeitos. Os Evangelhos, como toda a literatura canónica, são inesgotáveis nas suas propostas de nos fazer pensar – e envergonhar.

    Aproveitando a convocação do Novo Testamento para esta conversa, não queria terminar sem uma curta referência a Luz em Agosto (1932), de William Faulkner, romance em 21 capítulos, cada um com uma correspondência temática aos 21 quadros do Evangelho de João. Há uma personagem mariana, Lena, grávida de um pai ausente, que, como Blanche Dubois, depende da bondade dos estranhos, o mais cruel dos desamparos (todos sabemos do que são capazes os estranhos). Há um José (Byron Bunch) e um Judas (Lucas Burch). E há Joe Christmas, o Cristo em negativo, putativo mestiço sem lugar entre os brancos ou os negros, elemento impuro e proscrito pelas vicissitudes do destino, condicionado, na infância, ao exercício do mal pela inversão moral daqueles que tinham a obrigação de o proteger. Como Jesus, cujas acções são comandadas pelas profecias, Christmas é guiado por forças externas.

    Na Jefferson, Mississipi, de Faulkner converge um grupo de criaturas espectrais, privadas da família – esse entreposto no caminho perigoso que vai do individualismo estrito à anulação na comunidade – e órfãs da religião e da tradição e de qualquer modelo externo que, qual fio de Ariadne das usanças, as oriente no labirinto social. Encerrado num território de conflito de raças, Luz em Agosto é, para o leitor de qualquer época, um recinto de espelhos de feira onde as personagens e as suas motivações se multiplicam e distorcem, como que perdidas numa parábola sobre o conflito entre o homem e a congregação. Perto do final, no capítulo 19, Christmas é finalmente morto e castrado. Ninguém pôde, quis ou conseguiu salvá-lo.

    «Salvar o Natal»: eis uma das entradas do risível dicionário de termos pandémicos que tivemos a má sorte de conhecer. Como já não há muito para salvar, presumo que se trate de uma estratégia pragmática que tem como objectivo acautelar a injecção de dinheiro dos contribuintes necessária para o normal funcionamento das instituições e perpetuação do controlo social. Perdoem-me a insistência na imagética nazi, mas um livre-trânsito à circulação e ao consumo, seguido, na véspera de Natal, de um pequeno-almoço e de uma troca de compotas no vão de escada, e, no início do ano, de um curto recolhimento profilático, mais parece uma versão paródica do lema «o trabalho liberta». Foi assim, num manicómio em auto-gestão, que recebemos o Natal de 2021.

    Perante o império da loucura e a agonia da Natividade, resta-nos a consolação de que o 25 de Dezembro assinala não só o nascimento de Jesus, como também outros acontecimentos sumamente relevantes na história recente da Europa. Ou pelo menos um: a execução por fuzilamento de Nicolae Ceaușescu no dia de Natal de 1989. Não é numa Saturnália que os progressistas querem transformar o Natal? Se for verdade que, nas suas origens, o ritual romano integrava sacrifícios com vítimas humanas, o melhor é definir desde já os critérios de admissão nos altares de sangue e fazer votos de que os canalhas tenham prioridade.

    *Investigador científico no Instituto de Sistemas e Robótica de Lisboa.

    Imagem da Internet

    Fonte: https://observador.pt/opiniao/ninguem-salvou-christmas/#
    Postado por Zelmar Guiotto às 08:24 Nenhum comentário:
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